DESDE el más escrupuloso respeto por la tradiciones, ritos y costumbres que conforman el colorista mosaico de este querido solar llamado España, pretendo ni más ni menos que dejar constancia de mi desagrado por determinadas actitudes que, sin más razón que por que sí; algunos pueblos de nuestra querida Mancha labriega, a la hora de reverdecer sus ancestrales costumbres no dudan en juntar churras con merinas, añadiendo en el complemento de su reina y damas atributos que no le son propios y, naturalmente, el efecto resulta devastador. Es, dijéramos, como si al Cristo de la Buena Muerte de Málaga, sus legionarios le colgaran dos pistolas.
Era 1964 cuando cuatro ilusionados vecinos de Pedro Muñoz iniciaron la ardua tarea de recuperar para su pueblo costumbres y tradiciones, que sin estar totalmente abandonadas funcionaban un tanto anárquicamente, pues eran únicamente la expresión del sentir popular del pueblo llano; se estaba marcando la línea maestra a través de la cual nacería un Festival, a cuyo través se habría de dejar constancia oficial de un rito: el canto del Mayo, a mayor gloria de la mujer manchega.
No fue la consecuencia de una decisión caprichosa, pues aquel humilde festival dio paso a que sus continuadores, aquellos que ya en 1967 cogieron el testigo, dieran forma definitiva a las normas por las que habría regirse el antiguo ritual.
Si la memoria no me falla, para nada se tuvo en cuenta que en la región andaluza se utilizaran zahones, chaquetilla y sombrero cordobés los hombres y faldas -y mucho menos sombrero- las mujeres; atributos camperos por antonomasia en esa querida región, que son la expresión colorista, definidora de sus ritos y costumbres; pero que para nada guardan relación con nuestra Mancha, la cual en su diversidad es tan rica en usos y costumbres, al punto de que mantones, refajos o toquillas difieren de forma ostensible; según el pueblo al que representan.
La mujer manchega no necesita de un traje campero y mucho menos el de flamenca, para resaltar su belleza; tiene su traje propio que la identifica por partida doble, el de gala o de casar y el de faena, sin perjuicio de que si tiene que asistir a un festival taurino para nada necesita de un sombrero cordobés; le basta y sobra con una peineta y su madroñera, para dejar constancia de su señorío. Complemento del mismo, el varonil y austero pantalón de pana, camisa de cruzadillo con cuello de tirilla, cubierto con blusa de mil rayas para los días de trabajo o el de pana negra lisa y zapatos charolados, con chaleco drapeado de los caballeros, para los días de fiesta o de gala, que son fiel expresión de la secular costumbre.
Cuando a través de televisión he visto algún reportaje sobre la reciente Romería del Rocío, admirado por el fasto de que hacen gala los personajes del “cuore” para atender a sus invitados, incluso el pueblo llano que en su devoción reza y canta a su Reina de las marismas, en ningún caso he visto ni un solo traje que no fuera autóctono; conozco incluso casos en que siendo manchegos, se han desplazado a aquel rincón de España para asistir a su romería, en que ni por asomo se les ha ocurrido ir ataviados con el traje manchego, cosa lógica teniendo en cuenta el lugar y el ambiente. Ni siquiera imagino a una mujer manchega paseando por aquella explanada con su traje regional, salvo que acudiera a un Certamen de Coros y Danzas, en cuyo caso estaría justificado.
Era 1963 cuando el ilustre vate local Felipe Cañas de Gracia, en su Elegía sobre el progreso, al evocar el pueblo en que naciera, pedía el redoble de campanas con sentimiento, pues era cierto, decía, que ya por entonces el pueblo de su infancia estaba muerto; ya que los mozos no vestían sus largas blusas, ni su típico traje la mujer usaba. Mucho menos en las fiestas, la seguidilla ya se bailaba. En las bodas, la guitarra ya no sonaba, ni la zambomba por Nochebuena nos alegraba, ni las viejas con la mantilla ya se tocaban... Y con ellas, tantas costumbres que se perdieron, que junto al pueblo también murieron. Y no quería cansarse rememorando, era mejor no acordarse y seguir callando; pues un hecho era cierto, y era palpable; pues de su muerte siguió el proceso: conocía al asesino, era... el Progreso.
Felizmente, aquel pueblo reaccionó, y cual Lázaro redivivo se dedicó a la tarea, y dio vida a un Festival; y fijó sus normas. Bueno sería por tanto que sus actuales responsables ateniéndose a ellas, concienciaran a esos padres para que sus hijas al ser elegidas para representar al pueblo, adquieren el compromiso de colaboración imprescindible para, que de verdad, ellas sean el fiel exponente del sentir popular que es, en definitiva, el espíritu del pueblo que las vio nacer.
al_hanbor@yahoo.es
.