LEJANA en el tiempo, pero todavía fresca en la memoria, aquella triste noche del 23.F que en principio y la vista de cómo terminó, parecía asegurar el futuro de una buena convivencia pacífica entre todos los españoles; en el corto espacio de unos años produce la impresión de que algunos ya comienzan a olvidar aquella azarosa noche, y pasito a pasito [rebinando] van recuperando su particular “memoria”, sin tener en cuenta la lógica reciprocidad; es decir, “la otra memoria”.
Si mi particular memoria no me falla, creo recordar que en la antigua plaza dedicada en su día a la División Azul en Albacete, actualmente existe un recuerdo emocionado a aquellas heroicas Brigadas Internacionales [Ojo por ojo]. Pero claro, en este caso, tal reciprocidad queda invertida y... fuera de dudas; aquí la incertidumbre de si primero fue el huevo o la gallina queda diáfana. Primero fueron aquellos heroicos brigadistas, cuyo arrojo dejó sembrado un reguero de sangre inocente por toda la campiña manchega.
Luego, años después fue la División Azul la que imbuida de heroicos anhelos patrios, la que se marchó no a sorprender a inocentes padres de familia durmiendo en su casa, y sacarlos de cualquier manera para defenestrarlos al borde de cualquier camino; fue a luchar, con razón o sin ella, pero dando la cara y la vida en muchos casos; nunca de forma impune. Cuestión de matices.
Después, de forma paulatina, en pueblos y ciudades donde la progresía tomaba las riendas, la nomenclatura callejera iba cambiando de nombres y símbolos, incluidas aquellas cruces, señal inequívoca del predominio de los nuevos tiempos. No eran buenos para la democracia esos testigos pétreos, símbolo a fin de cuentas de lo que la zafiedad añadida a la impiedad, hace al hombre convertirse en fiera.
Ahora está en plena efervescencia homenajear a perseguidos y “represaliados del franquismo”, y en sus homenajes se citan nombres ilustres antecesores de la actual progresía, que fueron víctimas de tales “represalias” pagando con su vida sus aventuras políticas en pueblos y ciudades donde antes otros vecinos, considerados por aquellos virtuosos de la libertad como “desafectos”, sufrieron anterior persecución y ultraje hasta llegar a “huir” para después aparecer sus restos frente a las paredes del cementerio o en cualquier cuneta de una carretera, cuando no en un tristemente célebre pozo que la memoria del entorno todavía no ha olvidado.
Uno de estos recientes homenajes me lleva hasta una de aquellas cruces, ahora desplazada de su lugar original, en cuya base inicial tenía grabados por sus cuatro lados los nombres de más de cien vecinos... y alguna vecina, considerados “desafectos”, cuya vida inmolada sólo recibió el homenaje de su posterior funeral; y me lleva también, a la lista de aquella Junta Local Calificadora en la que entre sus 134 nombres aparece el de una señora cuyo delito era ser viuda de un Guardia Civil y madre de cuatro hijos menores, que cuando “se escapó”, sus hijos sobrevivieron gracias a la caridad de vecinos y allegados. Pero la vivienda, que era de alquiler y parece que “amenazaba ruina”, quedó libre.
Y, volviendo a esa cruz, en su momento conveniente limpiada por el Ayuntamiento de turno, en ella ya no aparecen aquellos nombres. Su mármol, absolutamente renovado, sólo muestra en el frontis un texto: EN MEMORIA DE LOS QUE DIERON LA VIDA POR ESPAÑA Y LA LIBERTAD Y COMO SÍMBOLO DE LO QUE NO DEBE VOLVER A OCURRIR. Supongo que en esta Memoria estarán incluidos todos, los de antes y los de después.
Alguien dijo, que los pueblos que se olvidan de su historia están condenados a repetirla; bueno es, por tanto, que no nos olvidemos de la nuestra. Quizá así evitaremos junto a su repetición la indignidad, aquella a que aludía Kant, de ver surgir esos seres en apariencia dignos, que de pronto se transforman en fieras contra su propia especie.
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